El mundo de Felipe Giménez no tiene mucho
que ver con la fórmula de éxito
imperante, es decir, ni con la 4x4, ni con los
labios pletóricos de colágeno, ni
con los que denuncian al astro cuando éste
ya no alumbra ni da calor, ni con los abogados
de corbatas free-shop. Es más, Felipe ni
siquiera es de Punta, sino de Mar del Plata.
Más bien está ligado al sonido triste pero firme,
persistente y sobre todo propio, de un bandoneón, a esos
que intentan salir de un pozo casi irredimible, a los que no
quieren ser atrapados por márgenes cada vez más
angostos, a los que se van sin desear hacerlo, en fin, a la mirada
de esos gatos, que agudamente contemplan y denuncian la devastación
del otrora faro de cultura en América del Sur. Pero al
mismo tiempo, su humor nos abre una hendija y quizás por
allí podamos colarnos, agarrados fuertemente de las manos,
como nos enseñó Válery.
Jacques Prévert decía que si el pájaro cantaba,
era buena señal y entonces había que firmarlo (señalarlo),
arrancándole una pluma muy suavemente e inscribiendo con
ella el nombre en un rincón de la tela… ¿pero,
quién quiere cantar hoy? ¿Quién quiere firmar?
Tal vez por eso a cada cuadro, Felipe lo firma distinto.
C.M.C.
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