Jacques Bedel
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del 27 de noviembre a fines de enero de 2009
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C.V. del artista
PAISAJE DE LA MENTE
Por Renato Rita
“El alma, dijo, está compuesta
del mundo externo.”
Wallace Stevens
Jacques Bedel no nos ignora, sino que, experimentado, nos incorpora la pasión de tratar de ver esta cosmogonía incalculable que es el arte. Con desafectada intuición nos propone una exploración cristalina. Hombre de grandes consolidaciones materiales, hombre considerado con el hábitat, hombre al fin, Jacques ha descubierto la mirada del universo, la que surge de la sencillez del pensamiento y que suscita una cálida comprensión del mundo eterno. Hombre aparentemente ajeno a lo religioso, voluntariamente, nos permite percibir la posibilidad mística.
Luz es lenguaje, nos dice Marianne Moore en forma admirable y fue ahí donde me encontré al quedar frente a la obra de Jacques Bedel.
Una intensidad significativa en el lujoso movimiento que plantea el material ideado para que el lenguaje devenga luz; luz del entendimiento, cuando la sombra desapercibida imita el ruido del lenguaje, ése que se adhiere a la conciencia del universo palpable.
La transparencia es bondad, y el desaliño de la visión permite atender que hay ciertas intromisiones que, al volverse atravesables, nos facilitan la grata ilusión de que la verdad existe más allá.
Ya dentro del paisaje, que brama solitario para que vayamos a explorarlo, nuevamente se reitera el elogio del espíritu al recomenzar en esta expedición el evento del encuentro con la aventura: la esperanza -maltratada palabra y hoy fuera de circulación
Ilusas son las evocaciones si no nos conmueven. Rothko decía: “el deseo de todo artista es conmover”; soltar la mente para que la percepción de lo deseado tenga una instancia que le de sentido a la vida –es decir, la incorporación sensual de la idea de lo eterno-. Creo que esto es arte, el armado proporcional de las líneas de fuerza que tironean alrededor nuestro; así como somos tejidos por el destino. Acciones insobornables como la presencia de la obra que actúa, una y otra vez, independientemente de la mirada para que podamos dilucidar sin temor nuestra conciliación con lo universal, infinitamente inclaudicable, salvo por ese instante de luz que trabaja el artista.
Retomo y renuevo lo inabarcable, aquello que diluye lo inmediato, el vehículo que utiliza la transparencia para neutralizar el obstáculo de lo consolidado: el primer atrevimiento de la realidad, la inocultable presencia del límite, aquello que concebimos como la dureza de un significado indisoluble por su pretendida luminosidad. Esta alternativa, cautivante para la mente, trata de situarse entre los muros de la contención lógica a la que aspira la comprensión.
La transparencia disuelve y vuelve endeble el punto de apoyo de la mirada. La mente recorre libre el espacio de lo ignorado como una llanura inmaterial liberada del aciago efecto del infinito, que sólo se construye por recorrido ideal.
Paisaje que la ventana no funde en un solo de perspectiva. Este paisaje alumbrado nos pone fuera de “construcción”. Es una belleza helada.
No podemos ser críticos de una intensidad, es ella quien nos provee de un criterio. Sólo ella.
MENTE DEL PAISAJE
“El pensamiento busca la mente que lo piense”, dice Bion. Así, atravesado por esta necesidad, el paisaje nos habla, o, mejor dicho, habla. Y nos recuerda su enorme ausencia, su infinita desolación, sólo hecho para ser pensado, sólo construido para ser deleitado a través de la mirada del hombre intrascendente y finito.
Yo, el paisaje, les digo: es una ruina de vuestra necesidad pensar que nuestra existencia los calma a Ustedes, augustos humanos; nosotros tenemos que soportar esta increíble trascendencia de sobrevivirlos… tristemente. Estoy constituido en una integridad absoluta, estoy decidido en mi sensibilidad pétrea. Es inexistente mi condición si la mirada humana no me puebla. Soy el culmen de una decisión esencial, aquella que posterga las limitaciones y las finitudes, maravillosa calificación de vuestra condición que posibilita la existencia. No tengo más remedio como paisaje que sobrevivir, dolorido y emocionado, siempre presente.
Jacques Bedel administra esta comprensión, se atreve al único paisaje irreproducible: nosotros.
EL OBJETO VISUAL
La obra de Jacques Bedel me remitió apocalípticamente a la categoría inventada por Carl Einstein: lo transvisual, que funciona como una clavija dialéctica entre “vista y visión”, “vista y memoria”; y “noción, vista y sentimiento”. Esto está referido a la cuestión de la escritura que, como subraya Didi-Huberman , conjuga debilidad y poder. “[…] se pretendió expresar con palabras lo visible y, ensordecidos por sus propios ladridos, la gente olvidó el abismo infranqueable que separa la palabra de la imagen. Los peinadores descriptivos, que se complacen en rizar un cuadro de Cézanne a fuerza de metáforas, o que ahogan un verde de Ingres, desconocen el hecho de que un fenómeno óptico jamás se deja traducir por palabras de una manera completa o incluso suficiente. El no-sentido penoso, que caracteriza los cotilleos líricos, está entonces probado. Los decoradores verbosos exploran las obras de arte, en lugar de intentar hacerlas entrar en el cuadro de una vista). ”
La obra de Bedel es un ejemplo evidente de esta dificultad. Al reunir en sus condiciones los básicos y trascendentes elementos del significado óptico, deja acorralada la palabra evocadora en el limbo del deseo irrealizado, siendo la única posibilidad de comprensión su excitante contemplación.
Didi Huberman, Georges, Ante el tiempo, Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2006.
Carl Einstein, Georges Braque, 1931-1932 (trad. de S. Zipruth), París, Éditions des Chroniques du tour, 1934).
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